Siempre he tenido problemas en el simple hecho de pensar en cosas abstractas e intangibles. La religión es uno de los temas más controversiales entre mi Yo, Ello y Superyó. El debate que se desarrolla en mi mente se comienza a dar de la manera más íntima. Escucho el sonido del silencio, tan estremecedor como hermoso pudiera ser y entonces comienza el ruido.
Mi cabeza es un caos completo, comienzo a tejer ideas que no terminan de construirse y la discusión entre mis impulsos y necesidades, mis deseos y desequilibrios comienza a romper el orden de la habitación.
Las preguntas comienzan a carcomer mi sentido común, sentido que ha quedado trastornado entre creencias, mitos e ideales. Cierro los ojos y comienzo a poner en orden el desorden que yo misma provoqué.
Alguna vez me dijeron que la religión y que creer en algo era parte sustancial del ser humano, en ese momento no quise contestar, tal vez porque evitaba una disputa de ideales en medio de la noche, o porque mi propio ser daba gritos ahogados en los que estaba de acuerdo.
Antes de creer en una autoridad divina, que todo ve y que ha decidido mi existencia, prefiero pensar en mi. Pensar en mi persona como la que puede determinar el rumbo y dirección que tenga mi vida y sin embargo caigo en mi propia contradicción al decir que creo en el karma.
Sí, creo en el karma y antes de conocer a Buda. Creo en aquellas pequeñas cosas que te hacen reflexionar y hacer una “buena acción”. Tal vez esto no me haga creyente y mucho menos budista, pero el sentir y saber que dentro de mi existen estas concepciones me hacen pensar en que no todo es dogmático y no existe una sola y única verdad.
Si bien mi mente no terminará de ponerse de acuerdo y el debate continuará, y así mientras las preguntas existan existiré y sólo yo estaré ahí para determinar mis acciones, lo que creo y dejo de creer.
Mi cabeza es un caos completo, comienzo a tejer ideas que no terminan de construirse y la discusión entre mis impulsos y necesidades, mis deseos y desequilibrios comienza a romper el orden de la habitación.
Las preguntas comienzan a carcomer mi sentido común, sentido que ha quedado trastornado entre creencias, mitos e ideales. Cierro los ojos y comienzo a poner en orden el desorden que yo misma provoqué.
Alguna vez me dijeron que la religión y que creer en algo era parte sustancial del ser humano, en ese momento no quise contestar, tal vez porque evitaba una disputa de ideales en medio de la noche, o porque mi propio ser daba gritos ahogados en los que estaba de acuerdo.
Antes de creer en una autoridad divina, que todo ve y que ha decidido mi existencia, prefiero pensar en mi. Pensar en mi persona como la que puede determinar el rumbo y dirección que tenga mi vida y sin embargo caigo en mi propia contradicción al decir que creo en el karma.
Sí, creo en el karma y antes de conocer a Buda. Creo en aquellas pequeñas cosas que te hacen reflexionar y hacer una “buena acción”. Tal vez esto no me haga creyente y mucho menos budista, pero el sentir y saber que dentro de mi existen estas concepciones me hacen pensar en que no todo es dogmático y no existe una sola y única verdad.
Si bien mi mente no terminará de ponerse de acuerdo y el debate continuará, y así mientras las preguntas existan existiré y sólo yo estaré ahí para determinar mis acciones, lo que creo y dejo de creer.
Creo en mí y sé que construyo mis ideas día con día y que no necesito nada más. Creo en mí y eso me basta para existir.


No hay comentarios:
Publicar un comentario